Hoy el Evangelio nos habla sobre la alegría que hay en el cielo por nosotros cuando volvemos a la casa del Padre a través de la parábola de la oveja perdida y la de la moneda perdida. Os dejamos dos simpáticos vídeos que las ilustran:

Os dejamos además, gracias a Aciprensa, las palabras que el Papa pronunció sobre la muerte en la catequesis de ayer, Día de los Fieles Difuntos, en la que dice que ante la muerte solo Dios nos ofrece esperanza de eternindad. Seguid leyendo para verlas en su totalidad.

En el Aula Pablo VI, el Papa describió brevemente cómo las personas visitan a sus muertos en los cementerios “para rezar por los seres queridos que nos han dejado, es casi como ir a visitarlos para expresarles, una vez más, nuestro cariño, para percibir que todavía los tenemos cerca”.

De este modo, dijo, se recuerda “una parte del Credo: en la comunión de los santos hay un vínculo estrecho entre nosotros, que caminamos aún en esta tierra, y tantos hermanos y hermanas que ya alcanzaron la eternidad”.

Benedicto XVI explicó luego que “a pesar de que la muerte es a menudo un tema casi prohibido en nuestra sociedad –y de que se intente continuamente quitar de nuestras mentes tan solo el pensamiento de la muerte– ésta nos concierne a cada uno de nosotros, concierne al hombre de todo tiempo y de todo espacio”.

“Ante este misterio todos, aun inconscientemente, buscamos algo que nos invite a esperar, una señal que nos dé consuelo, que nos abra algún horizonte, que ofrezca aun un futuro. El camino de la muerte, en realidad, es un camino de la esperanza y acudir a nuestros cementerios, así como leer los epitafios en las tumbas, es cumplir un camino marcado por la esperanza de eternidad”.

El miedo a la muerte, dijo el Papa Benedicto, existe porque en el ser humano hay un temor “a la nada, de ese partir hacia algo que no conocemos, que nos es desconocido. Y, entonces, hay en nosotros un sentido de rechazo, porque no podemos aceptar que todo lo más bello y grande que se haya realizado durante toda una vida, quede borrado repentinamente, caiga en el abismo de la nada”.

“Sobre todo, sentimos que el amor evoca y pide eternidad y que no es posible aceptar que el mismo amor quede destruido por la muerte, en un solo momento”, añadió.

“Aún más, sentimos temor ante la muerte porque, cuando nos encontramos hacia el final de nuestra vida, percibimos que habrá un juicio sobre nuestras acciones, sobre cómo hemos conducido nuestra vida; en primer lugar, sobre aquellas sombras que, con habilidad, a menudo sabemos borrar o intentamos borrar de nuestra conciencia”.

El Santo Padre dijo luego que “hoy el mundo se ha convertido, al menos aparentemente, en mucho más racional, o mejor dicho, se ha difundido la tendencia generalizada de pensar que cada situación debe ser afrontada con los criterios de la ciencia experimental, y que incluso a la gran cuestión de la muerte se deba responder, no tanto con la fe, sino partiendo de los conocimientos comprobables empíricamente”.

“No se llega a tener suficientemente en cuenta, sin embargo, que, de esta manera, se acaba por caer en formas de espiritismo, en el intento de tener algún contacto con el mundo más allá de la muerte, como imaginando casi que haya una realidad que, al final, es una copia de aquella presente”.

El Pontífice refirió además que “la solemnidad de todos los Santos y la Conmemoración de todos los fieles difuntos nos indican que solamente quien reconoce una gran esperanza en la muerte, puede también vivir una vida a partir de la esperanza”.

“Si reducimos el hombre exclusivamente a su dimensión horizontal, es decir, a lo que puede percibir empíricamente, la vida misma pierde su significado más profundo”, agregó.

“El hombre –precisó el Papa– tiene necesidad de eternidad, y cualquier otra esperanza para él es demasiado breve, demasiado limitada. El hombre sólo tiene explicación si hay un Amor que supere todo aislamiento, incluso el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo”.

La nota de Radio Vaticana señala que Benedicto XVI subrayó que “el hombre es explicable, encuentra su significado más profundo, sólo si hay Dios. Y nosotros sabemos que Dios ha salido de su lejanía y se ha acercado, y ha entrado en nuestras vidas y nos dice: ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá jamás’”.

“Pensemos por un momento en la escena del Calvario y rememoremos las palabras que Jesús, desde lo alto de la Cruz, dirige al ladrón crucificado a su derecha: ‘En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso’. Pensemos en los dos discípulos en el camino de Emaús, cuando después de haber compartido una parte del camino con Jesús Resucitado, lo reconocen y parten de inmediato hacia Jerusalén para anunciar la Resurrección del Señor”.

Dios, dijo el Papa, “realmente se ha mostrado, se ha hecho asequible, de tal manera ha amado el mundo ‘que entregó a su Unigénito, para que todo aquel que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’, y en el supremo acto de amor de la Cruz, sumergiéndose en el abismo de la muerte, la ha vencido, ha resucitado y nos ha abierto también a nosotros las puertas de la eternidad”.

“Cristo nos sostiene a través de la noche de la muerte que Él mismo ha atravesado; es el Buen Pastor, a cuya guía nos podemos confiar sin ningún temor, porque Él conoce el camino, incluso a través de la oscuridad”.

En la parte final de su catequesis el Santo Padre indicó que “todos los domingos, recitando el Credo, reafirmamos esta verdad. Y acercándonos a los cementerios para rezar con amor y afecto a nuestros familiares difuntos, se nos invita, una vez más, a renovar con valentía y con fuerza nuestra fe en la vida eterna, es más, a vivir con esta gran esperanza y dar testimonio de ella en el mundo: detrás del presente no hay la nada”.

“Es precisamente la fe en la vida eterna la que da al cristiano la valentía de amar, todavía si cabe, con mayor intensidad esta nuestra tierra y trabajar para construirle un futuro, para darle una esperanza verdadera y cierta”, concluyó.