El P. Enrique nos invita a vivir este Sábado Santo rezando sobre tres temas: “Adoraré tu humanidad”, “María sostiene mi fe” y “María Magdalena. Estoy muerto sin ti, Jesús”. A continuación tenéis un desglose de cada uno con alguna idea/canción/texto  para ayudaros en la oración.

La idea es compartirlo hoy Sábado a la 13:30 en el Salón Blanco. Nos vemos allí.


1. “Adoraré tu humanidad”

Adoraré Tus pies heridos,

Tus pies de mensajero,
que traen la paz,
que traen la paz,
a mi corazón. 

ESTRIBILLO:
Yo adoraré, Señor,
y abrazaré Tu cuerpo herido.
Yo adoraré, Señor,
y abrazaré Tu Cruz.

Tu humanidad, Tu humanidad,
Tu humanidad, Tu humanidad.

Adoraré Tus rodillas,
que soportaron mis caídas,
y se doblaron,
y se doblaron ante mí.

ESTRIBILLO.

Adoraré Tus manos suaves,
y las heridas que las traspasan.
Con ellas me alzaste,
y me abrazaste en mi Seol.

ESTRIBILLO.

Adoraré Tu rostro herido,
y Tu semblante sin hermosura.
Y en cada espina de Tu cabeza,
veré a mi Dios.

ESTRIBILLO.

Abrazaré fuerte Tu pecho,
y escucharé Tus latidos.
Y de la herida de Tu costado,
yo beberé.

ESTRIBILLO.

2. María sostiene mi fe

El Sábado Santo es un día de luto. Cristo descansa en el sepulcro. Un día de silencio. La Iglesia hace silencio en todo. Un día de mucho recogimiento. En la calle ya no se oyen las procesiones penitenciales porque estamos en tiempo de perdón, en tiempo de transformación, en tiempo de preparación de la resurrección, de la gloria y de la alegría. Jesús ha muerto, Jesús yace en el sepulcro, y tú y yo hoy tenemos que guardar silencio para aprender de Él a contemplar su cuerpo destrozado.

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Tú y yo somos responsables de esa muerte: nuestras rebeldías, nuestras pasiones, nuestras pasividades, nuestras faltas de gracia, todo… ha hecho que Jesús muera; tantas ofensas, todo… ha hecho que Jesús esté ya muerto. Pero no es una jornada triste. Jesús ha vencido el mal, ha vencido mis debilidades, ha vencido al pecado, y dentro de muy pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa resurrección. Nos ha reconciliado con su Padre: ya somos hijos de Dios.

Pero para este cambio necesitamos una transformación, una preparación. Y esto lo hacemos junto a María. María está sola, triste, observando el cuerpo de su Hijo, viendo cómo lo han bajado, con la valentía de aquellos dos hombres —Nicodemo y José de Arimatea, que en la vida de Él mostraban ciertos respetos humanos—, que en el momento definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo de Jesús para darle sepultura. O con la valentía de aquellas mujeres que compran aromas, embalsaman el cadáver de Jesús y no tienen miedo a los soldados. Es la hora de la dispersión total: los discípulos se marchan asustados y la Virgen, la Madre, se queda en plena soledad con ellos, esperando esa gran aventura, esa gran alegría de la resurrección de su Hijo.

Tú y yo contemplamos hoy cómo todo el mundo… cómo han insultado, se han reído, se han mofado de Jesús… y todos ésos se van. Pero también contemplamos con qué cuidado bajarían de la cruz a Jesús. Y la Virgen, yo con Ella, me acerco, pido perdón y digo: “Yo subiré también con ellos al pie de la cruz. Me apretaré al cuerpo frío, al cadáver de Jesús con mi fuego, con mi amor; lo desclavaré con mis desagravios, con mis luchas, con mis esfuerzos, ¿por qué no?… con mis mortificaciones; y lo envolveré en el lienzo nuevo de mi vida, en el lienzo nuevo de mi corazón, en el lienzo de una vida limpia, comprometida; y lo enterraré en mi corazón, que es la roca viva de donde nadie… nadie… me lo podrá arrancar. Sí, Señor, sí, Jesús, descansad ahí, descansad”.

Pero quiero limpiar antes… toda mi sepultura. Contemplo a María, cómo tiene el cuerpo de su Hijo muerto en sus brazos, lo mira, lo remira —yo con Ella—, y considera y ve todas las heridas, una por una, antes de darle sepultura. ¡Ella sí que entiende el gran amor de su Hijo! ¡Ella sí que entiende del dolor! Y Ella me dice a mí que tengo que reaccionar, que aunque experimente el dolor, tengo que resucitar. Día de silencio, día de transformación. Tú y yo hoy nos acercamos al sepulcro, pasamos el día considerando mis muertes, las heridas que he podido hacer a Jesús y ahí, considerando en pleno recogimiento, pero con alegría porque Él me las va a resucitar, Él me va a cambiar, Él me va a transformar, dejo, deposito en su cuerpo y ahí, en el sepulcro, todo lo negativo que vea en mí hoy.

Y pienso… y pienso detenidamente… pienso en mi vida… pienso en cómo trato al Señor: ¿cómo te trato a ti, Jesús? ¿Cómo es mi vida contigo? ¿Cómo son mis encuentros? ¿Cómo es mi amor? ¿Qué amor tengo? ¿Qué desamores tengo contigo? Y reflexiono sobre el trato, sobre el amor que tengo a los demás, a los míos, a todos los que me rozan: si les hago sufrir, mis gestos, mis palabras, mis detalles, mis acciones, todos los desamores, que se los he hecho a ellos, pero te los hago a ti, porque Tú estás en ellos. ¿Cómo es mi situación interior? ¿Con paz? ¿Turbulenta? ¿Cómo me encuentro? Voy depositando… y beso las llagas de Jesús, ahí, en la soledad con Él, en el sepulcro, junto a la Madre, junto a la Virgen de la Soledad. Quiero acompañarte con Ella. Las cruces que inciden y que hacen sufrir a los demás; esas cruces que no sé cómo llevar y que no quiero: mis faltas de amor, mis egoísmos, mis orgullos, mis quejas, mis comodidades, mis tibiezas, mis tristezas… O quizás las cruces que nos hacen sufrir y que me hacen sufrir, que no sé cómo llevarlas; y ahí las voy depositando: mis incomprensiones, mis exigencias, mis juicios, mi indiferencia, mi tibieza… O quizás también lo que Tú me envías y no lo sé ver: esos acontecimientos imprevistos, esas situaciones, esos dolores… Voy depositando todo en ti.

Y ahí, en el sepulcro, en el silencio de tu corazón, me dejo resucitar con los símbolos de este día, de esta liturgia, de esta vigilia tan explosiva, la Vigilia de Pascua: el símbolo del fuego —“quema, corta y quema todo lo que en mí no sea de tu puro amor”—; el agua —“limpia, lava, quítame todo lo que ves que está sucio, que da mala imagen, que no gusta, que es mancha”—; la luz —“la alegría, que irradie fuego, alegría, ilusión”—. Y cómo no, hoy leo despacio toda la historia de la salvación. Hoy me regalas una liturgia rica en contenido. Es toda mi historia: cada escena, cada acontecimiento, cada lectura es un amor sobre mí. No hay más que decir hoy. Día del silencio, día del amor.

Pero en este encuentro quiero recitarte esta oración tan bella del Stabat Mater, del Sábado Santo… ¡tan preciosa! Y te la voy a recitar unida a tu Madre y a ti:

Estaba la Madre Dolorosa,

junto a la cruz lloraba,

mientras el Hijo moría.

Su alma, triste y amorosa,

traspasaba dolorosa

una espada de agonía.

¡Cuán triste y afligida

se vio la Madre querida

de tantos tormentos llena,

cuando ante sí contemplaba

y con firmeza aceptaba

del Hijo amado la pena!

¿Y cuál hombre no llorara

si a la Virgen contemplara

sumergida en tal dolor?

¿Y quién no se entristeciera

si así, Madre, te sintiera

sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo

vio en su tormento tan profundo

a Jesús la dulce Madre.

Vio morir a su Hijo amado

que rindió desamparado

el espíritu al Padre.

¡Oh, Madre, fuente de amor,

hazme sentir tu dolor,

para que llore contigo!

Que siempre, por Cristo amado,

mi corazón abrazado

más viva en Él que conmigo.

Para que a amarle me anime

y en mi corazón imprime

las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,

divide conmigo ahora,

las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar

y poder participar

de sus penas mientras vivo.

Porque acompañar deseo

en la cruz donde le veo

tu corazón compasivo.

Virgen de vírgenes santa,

llore yo con fuerza tanta

que el llanto dulce me sea.

Que su pasión y su muerte

hagan mi alma más fuerte

y siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore,

que en ella viva y adore

con un corazón propicio.

Su verdad en mí encienda

y contigo me defienda

en el día del Gran Juicio.

Haz que siempre con su muerte

sea mi esperanza fuerte

en el supremo vaivén.

Que mi cuerpo quede en calma

y con Él vaya mi alma

a la eterna gloria.

 

¡Qué oración tan preciosa, qué sentida, qué calor, qué soledad, qué amor y qué dolor por haber sido causa de la muerte de su Hijo! Hoy no se puede hacer más. Hoy es día de luto, de soledad, de alegría, de reflexión, de interiorización, de mucho ver mi vida a la luz de la resurrección. Tú y yo acudimos a la Virgen, a Santa María, la Virgen de la Soledad, nuestra Madre, la Madre de Dios, para que nos ayude a comprender que es preciso morir para ser glorificados, y que es preciso hacer nuestra la vida y la muerte de Jesús. Que es preciso morir… para llenarnos de amor. Y le pedimos que nos ayude a seguir los pasos de su Hijo, que demos la vida por los demás. Sólo así es Jesús nuestra vida. Sólo así somos una cosa con Él. Sólo así quedará reflejado en el paño de mi interior, de mi cuerpo y de mi alma la imagen y el rostro de Jesús.

Te invito a que con toda intensidad vivamos toda la Vigilia de Pascua con todos sus pasos: la fiesta de la Luz, la vigilia de la oración, las lecturas bíblicas que nos recuerdan esa preciosísima historia personal de amor. Y ahí, con la iluminación del bautismo, participemos de la Eucaristía llenándonos de su gloria y resucitando con Él, como su Madre y con su Madre. El gran día de pasar de mis muertes, a la vida; de mis fracasos, a la gloria; de mis miedos, a la fuerza. Un antes y un ahora. Un Hombre muerto y un Hombre resucitado: así quiero ser. Madre, Virgen de la Soledad, ayúdame en este camino de transformación y contigo me quedo, entregando toda mi historia y toda mi vida en el cuerpo de Jesús para resucitar con Él. Gracias, Madre mía. Que muramos con Jesús y que resucitemos con Él. Que así sea.

Francisca Sierra Gómez

3. María Magdalena. Estoy muerto sin ti, Jesús

Bienaventurados los que lloran y los limpios de corazón porque serán consolados y verán a Dios

Cantar de los Cantares 5, 3-9
Salmo 41 “Como busca la cierva corrientes de agua” y su versión de Giombinni “Todo mi espíritu, tiene sed de ti”