A continuación os dejamos la Homilia que pronunció nuestro párroco el pasado día 15 en la misa televisada por TVE2. Os dejamos también el vídeo del reportaje previo y la eucaristía.

[1]Caminamos a la luz de Dios[2] (P. Enrique González Torres, 15 de marzo de 2015).

Ciertamente: “caminar”. Esto es lo que estamos haciendo en la Cuaresma. Caminamos para salir de la noche, para liberarnos de las tinieblas y, llegados a la meta, adentrarnos en la luz de la resurrección de Cristo. Allí podremos estrenar una vida nueva. Vivir, ya sin tinieblas en el corazón, como hijos de la luz.

Los hombres somos caminantes por naturaleza, en busca de algo más. Nada nos sacia del todo y vivimos “como condenados” a buscar hasta encontrar aquello que nos mueve. Buscamos la luz, la paz, el amor, la vida[3]… Somos  caminantes y toda nuestra vida es acercarnos a esa meta que nos llama y nos atrae. A esa famosa… “luz al final del túnel”.

Camina a la luz y sale de la oscuridad, de hecho, el niño cuando nace y decimos que “es dado a luz” y sin embargo, los cristianos sostenemos que solo en el bautismo que es su segundo y definitivo nacimiento el hombre es realmente iluminado. Así lo recordamos hoy, en este cuarto domingo de cuaresma, al celebrar los segundos escrutinios de los catecúmenos, elegidos para recibir el bautismo. Los cristianos reconocemos que antes de creer en Él, éramos como aquel ciego de nacimiento al que Cristo abrió los ojos, y entonces, pudo ver[4]… pues solo Él, que es la luz verdadera que ilumina a todo viviente, nos puede librar de los engaños que nos ciegan y transformarnos en hijos de la luz[5].

Sí, hermanos, tenemos que reconocerlo: el hombre sin Dios camina en tinieblas, no ve la realidad tal cual es, vive de ilusiones que en definitiva son engaños, espejismos crueles, mentiras asesinas. Ni ve ni puede ver. Va dando tumbos por la vida. Y como se dice vulgarmente: “en el pecado tiene la penitencia”. ¡Cuánto daño nos hacemos por andar a ciegas por la vida! ¡Y cuánto daño hacemos a los otros por no ver! Cuando vivimos sin Dios, el pecado nos sume en una oscuridad profunda. Tan oscura que a veces nos lleva a la desesperación total hasta desear que nos llegue la muerte, de lo insoportable que nos resulta la vida.

Pues bien, hermanos, fijaos con qué fuerza resuenan ahora las palabras del apóstol san Pablo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados,  nos ha hecho vivir con Cristo – por pura gracia estáis salvados- nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él[6].

¡Qué anuncio tan increíble!! ¡Qué pregón tan glorioso! El salmista diría: ¡qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios! Es como un anticipo del pregón pascual! Con razón llamamos a este domingo, domingo laetare. “Laetare Ierusalem”: “Festejad a Jerusalén – dice la antífona de entrada – gozad y alegraos los que por ella llevasteis luto”[7]. Nos alegramos y saltamos de alegría si hace falta para decirle a todo el mundo que Dios nos ha rescatado de la oscuridad de la muerte, nos ha librado de las tinieblas. Ya no hay tinieblas. Solo hay luz. Porque cuando por desobediencia perdemos su amistad, él no nos abandona al poder del pecado sino que compadecido nos tiende la mano para que le encontremos siempre que le buscamos[8]. No falla nunca. Siempre es así. Cuando nos caemos en un abismo él baja a nuestra oscuridad y nos devuelve la luz. Él toma la iniciativa. Al pecado del hombre, responde Dios con su misericordia.

Eso es lo que recuerda la primera lectura del libro de las crónicas: la cautividad en babilonia del pueblo elegido bajo el reinado de Nabucodonosor es un castigo que Dios convirtió en ocasión propicia para manifestar su perdón. La conquista de Ciro, rey de Persia, sobre Babilonia y el edicto a favor de los judíos es, en su mano providente el acontecimiento por el cual Dios, hace entrar de nuevo al pueblo escogido en su designio de salvación. La lección fue clara; sirviéndose de Ciro, un pagano, Dios le demuestra a Israel, su pueblo, que muy por encima de sus esfuerzos por salvarse a sí mismo, está la iniciativa de su creador que es también su salvador.

Esto es un anuncio de la salvación descrita por San Pablo: “Estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya”[9].

¿Qué responder entonces a los que se preguntan qué es lo que tienen que hacer para que Dios les tenga en cuenta? ¿Para que Dios les quiera? ¿Para que les ame aún más? La respuesta es clara: Nada, absolutamente nada. Dios no nos puede amar más, porque ya nos ha amado hasta el extremo. Nos ha regalado su perdón[10]. Para más claridad, escuchemos al Señor en el Evangelio: “Tanto amo Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él sino que tengan vida eterna”[11].

Ahora ya sabemos cómo llegar hasta la meta. Sabemos dónde está la luz. Se ha levantado sobre la tierra una insignia, un estandarte que nos lo señala. La luz está en la cruz. Las mismas manos que levantarán la cruz el viernes santo señalando: “mirad el árbol de la Cruz”, al tercer día levantaran el cirio pascual diciendo: “luz de Cristo”. Para que levantemos la mirada y veamos. Para abrirnos los ojos. Así lo dijo el Señor: “Y yo cuando sea levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”[12].

Este es el día. Esta es la hora, en la que los enfermos por el pecado recibimos nuestra medicina. Como dice el Señor a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tengo vida eterna”[13] . Se refería así, al episodio en el que el pueblo durante el éxodo de Egipto, sufrió la mordedura de las serpientes. Entonces, al levantar la vista hacia la serpiente de bronce, el mordido, envenenado de muerte, se curaba. Por eso ahora, solo se nos pide levantar los ojos a la Cruz y mirar al que esta clavado en ella y a su corazón traspasado por nuestros pecados. Sólo hay que mirarle a Él, al que traspasaron, para encontrar en él la fuerza que necesitamos. Si le miramos a él se nos pasan todos los males. La Cruz es la bandera discutida ante la cual se manifiesta la verdad de los corazones. O corremos huyendo de ella o corremos a su encuentro para abrazarla. Si la Cruz es la luz y todo alrededor es oscuridad, el que se acerca a la Cruz queda envuelto en su claridad. Eso es confesar nuestros pecados. Es salir de la tiniebla y empezar a vivir en la luz. Si hay médico y medicina, reconocer mi enfermedad es el principio de mi curación. Ojalá que nadie esté tan apegado a su pecado que prefiera la tiniebla a la luz.

Queridos hermanos hemos pasado el ecuador de la cuaresma y el Señor nos llama desde su Cruz. Nos pide que le entreguemos nuestros pecados y él a cambio nos dará la paz. Recuerdo ahora a una ancianita a la  que confesaba hace unos días, ella me decía: “¡qué paz tengo, padre!, ¡qué alegría”. Claro que sí. Es que la verdadera alegría y la verdadera paz solo la encontramos abriéndonos a la luz y confesando con sinceridad las propias culpas a Dios. Entonces se nos abren los ojos para volver a ver y nos damos cuenta de que estábamos ciegos y no veíamos lo mucho que el Señor nos amaba. Porque “Dios no mandó a su hijo a juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”[14].

Termino. Y me atrevo imprudentemente a poner palabras al corazón de Jesús que nos mira, que te mira, desde la cruz. Las mismas que pudo querer decirle a Pedro, el apóstol, después de su negación. Ojalá te sirvan para dejarte atraer a su corazón y empezar a caminar a la luz de Dios.

Mírame a los ojos,

ahora mismo, ¡mírame!

Verás sólo a tu amante

y no habrá ningún reproche.

Vamos, ¡calla!, es importante

que no caiga en ti la noche

sin quedarnos frente a frente,

sin mirarme fijamente.

No te mires al espejo,

ni en tus manos homicidas,

ni en el brillo de otros ojos

que desgarran tus heridas.

Se ve claro en tu mirada,

tu miseria te tortura,

¡que su peso no te hunda!

Si ahora corres y huyes lejos

como el niño enfurruñado

que no para de llorar,

mi voz clara te persigue

y no deja de sonar.

¿Qué ha pasado?,

¿qué te he hecho que escapaste?

¿es que ha habido un solo instante

en que vieras en mi rostro

algún gesto amenazante?

Ven aquí, amigo mío,

no tortures tu alma más.

Sí. Es horrible el desenlace

y sin amor aún duele más.

Que mi amor cura tu odio,

mi perdón tu vanidad.

Y que esto, al fin y al cabo,

porque así es la amistad,

siendo injusto era bueno

y me tenía que pasar. [15]

 


[1] La homilía no se pronunció tal cual está escrita, sino con recortes y añadidos propios del “directo”.

[2] “Himno” de Emaús – Hombres.

[3] Canto antes del Evangelio: “Si es la luz lo que buscas”.

[4] Canto después de la comunión: “Oh, Luz del mundo”.

[5] Cf. Oración de exorcismo del segundo escrutinio. RICA 171

[6] Ef 2, 4-5.

[7] Antífona de entrada de la Misa.

[8] Cf. Plegaria Eucarística IV.

[9] Ef 2, 8-9.

[10] Canción de comunión: “Supe que me amabas”.

[11] Jn 3, 16.

[12] Jn 12, 32.

[13] Jn 3, 14-15.

[14] Jn 3, 17.

[15] La verdadera valentía, poesía de Enrique G. Torres.