Historia

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D. EUGENIO NOS RECUERDA CÓMO EMPEZÓ TODO HACE EN EL 1966

Al celebrarse la Visita Pastoral de la Parroquia, creo que es bueno dejar constancia de algunos de los momentos vividos en estos 43 años. Son muchos años, sobre todo cuando en ese período de tiempo ha habido tantos acontecimientos y tantos cambios en la vida de la sociedad y de la Iglesia Universal y Diocesana.

En aquellas fechas, el Sr. Arzobispo D. Casimiro Morcillio, sin duda haciendo realidad orientaciones y criterios del Concilio Vaticano II afrontó una tarea arriesgada y difícil: multiplicar el número de parroquias para que pudieran ser comunidades más vivas y evangelizadoras, tarea que había de tener su realización dividiendo las “macro parroquias“ existentes en la Diócesis, para crear parroquias, a ser posible compuestas por 10.000 fieles. Fruto de este proyecto fue la división de la parroquia de Santa María Micaela y Nuestra Señora de las Victorias, una parte de aquellas habían de formar la parroquia de San Germán.

No resultaba fácil a quienes formaban parte de esas parroquias dejar sus comunidades, a las que siempre habían estado vinculados y empezar una nueva andadura para crear una nueva comunidad. Además, no había un lugar de culto y encuentro. Por otra parte, para quienes habían de iniciar la empresa, esto es, los sacerdotes designados por el prelado, necesitaban tener un talante especial. Resultaba duro, humanamente hablando, lanzarse a la aventura de desarrollar la misión encomendada por el Sr. Arzobispo. Recuerdo aún con susto el momento en el que me fue entregado el nombramiento por el Sr. Obispo en el mes de julio de 1965: “ésta es la demarcación de la nueva parroquia, me dijo, mira donde puedes encontrar un local donde poder celebrar la Eucaristía y tomar contacto con los que han de ser los miembros de la Parroquia, ponte en contacto con D. Antonio San Miguel, (entonces párroco de Santa María Micaela) y él te ayudará”. El susto fue mayúsculo. Menos mal, para animarme me entregó un sobre con un donativo para los primeros gastos. El sobre sólo contenía 8.000 pesetas. Cuando me despedí del Sr. Obispo, al salir a la calle miré al cielo, como pidiendo luz y fuerzas.

Muy complejos y duros fueron los meses siguientes preparando la salida de Los Molinos, donde había vivida intensamente trece años de entusiasmo sacerdotal, y preparativos para asumir la nueva tarea apostólica. Las idas y venidas a Tetuán recorriendo las calles de la futura parroquia, buscando un rincón donde poder aterrizar, eran constantes, pero no se veía una sola luz. Recordé las palabras del Evangelio: “no había sitio en la posada”. Sin embargo había una fuerza que daba confianza, ilusión, no sé qué…

Llegó el momento de la verdad, se aproximaba la fecha fijada para dejar la parroquia de Los Molinos y empezar la tarea. Comenzaron las visitas concretas. Aún en la parroquia de la sierra, visité los colegios de la feligresía, por algún sitio había que empezar. Apareció la primera luz: Dª Pepita Sánchez Beato, directora del Grupo Escolar entonces denominado Víctor Pradera. Me ofreció un pequeño rincón dentro del grupo. Era un local destinado a leñera y cuarto trastero. Allí había de todo: leña, carbonilla, sillas rotas… pero era la primera luz que iluminaba. Ya había algo. Había que retirar la suciedad. Apenas iniciado el trabajo, volvió a ser Dª. Pepita, la directora del Grupo Escolar, quien trataba de encender una nueva luz, que resultaría ser la gran luminaria.

Se acercó a indicarme que había un local en la calle General Yagüe, cerrados todos los accesos con tabique de albañilería y que acaso merecía la pena ver. Me acompañó hasta el lugar con prontitud. Se conoció quién tenía la llave de una pequeña puerta que daba acceso al local. Con la luz que la llama de los mecheros nos proporcionaba y sólo con ella, pudimos imaginarnos lo que era el local y a partir de ese momento comenzar a soñar: eso podía ser una iglesia. No dudé un instante. Dejé en el pequeño local del Grupo Escolar a Manuel, el herrero y a Francisco con el tractor, entregados a la limpieza y arreglo de la puerta y como el comerciante de la parábola que había descubierto una perla preciosa, fui a comunicar la noticia al Sr., Obispo Auxiliar D. Ángel Morta y más tarde a buscar al presidente de la constructora del Hogar del Empleado, Sr. Romo. No sé qué fuerza me empujaba a correr, pero lo cierto es que las prisas fueron “providenciales”. Esa misma tarde la constructora celebró Junta del Consejo de Dirección de la misma para conceder el local a los grandes almacenes que ocupaban los bajos del edificio. Al día siguiente habría sido tarde. El Consejo de la constructora acordó adjudicar el local para dedicarlo a templo parroquial. Sin embargo, habían de pasar dos días para conocer la venturosa noticia. La fiesta de la Virgen del Pilar dejaba cuarenta y ocho horas oculta la grata noticia. Muy largas aquellas horas.

El 13 de octubre fue uno de los días más gozosos para mí. Desapareció toda oscuridad y quedaba iluminado el horizonte. El Sr. Lozano, Secretario de la constructora me daba la noticia: “Se ha acordado adjudicar el local para la nueva parroquia de San Germán”. Y me entregó los planos del local.

Es difícil relatar la emoción y la alegría que me produjo la noticia. Todo había cambiado. Sólo había entonces prisas, muchas prisas para preparar las cosa, la despedida de mi muy querida parroquia de Los Molinos y hacer proyectos de las obras a realizar en el local. La ilusión suplía a los técnicos. No eran necesarios ni arquitecto, ni decorador… Sólo hacían falta artesanos: albañiles, carpinteros, electricistas, herreros, pintores, soladores, fontaneros, escultor…, pero a esos ya los conocía, estaban principalmente en Los Molinos y Paco el constructor, y Mariano el carpintero, y Daniel el electricista, y Manchón el herrero, y Paco el pintor, y Ángel el fontanero, y Faustino Sanz el escultor, y Ponciano con los pavimentos con todo el entusiasmo se pusieron a colaborar.

Mientras tanto el local del Grupo Escolar se había convertido en el lugar de encuentro con los no pocos feligreses que ofrecían su colaboración para iniciar la formación de la Comunidad Parroquial. Sería imposible nombrar a todos, aunque sí quiero recordar a algunos que más me animaron: José Mª, Juan, José, Raúl, Manuel Moltó, Villadóniga, Mª José Tejel, Mª Teresa de la fuente, Mª Carmen, Ana Mª Reñones, Valentina, Josefina, Pilar Huertas, la “buenísima Agustina” y tantos y tantos feligreses, algunos de los cuales ya marcharon a la Casa del Padre y otras aún continúan con la mano en el arado sin mirar hacia atrás.

Desde aquel despacho llegaba a todos los feligreses la noticia de la nueva parroquia, (no siempre recibida con agrado, pues suponía una separación de Santa María Micaela a donde siempre habían estado vinculados) y las primeras felicitaciones navideñas y más tarde el anuncio de la inauguración del templo.

Mientras, en la capilla de la Residencia de Huesca 20, convertida en provisional templo parroquial, teníamos culto litúrgico y allí se celebraron los primeros bautizos de la comunidad gitana acampada en la zona, y algún matrimonio gitano.

Aunque apenas había tiempo para más cosas, pues las obras de acomodación del local para convertirlo en templo iban a ritmo acelerado, y así cuando sólo habían transcurrido cuatro meses, se acercaba el día de la inauguración del tiempo. Nadie pensaba que se podía hacer tanto en tan poco tiempo, pero así fue.

El día señalado para la inauguración era el día 6 de marzo de 1966, primer domingo de Cuaresma. Era el primer templo nuevo y definitivo que se inauguraba de las más de 200 parroquias creadas en la Diócesis de Madrid. D. Casimiro Morcillo bendecía el templo dicho día y su gozo era manifiesto. No sé si además del sentimiento normal influía el hecho de que su madre, muy mayor, era feligresa de la nueva parroquia. De alguna manera se podía decir que era su propia parroquia.

Inaugurado el templo parroquial aparecían nuevas metas de orden material, sin duda lo más importante era adquirir locales para las dependencias parroquiales donde realizar las actividades pastorales. Meta difícil de alcanzar, pero que se alcanzó después de dos años de espera y hoy son una realidad que influye en el desenvolvimiento de la vida parroquial.

La historia sigue hoy en día, y cada uno de nosotros somos responsables de contribuir con nuestro pequeño granito de arena a la abundante vida parroquial que existe…

Todo por Él y para Él.