P. Enrique

P. Enrique

Me ordenaron sacerdote el 11 de mayo de 2003. Fue el inicio de una aventura apasionante, una historia de la que Dios es el autor y así va escribiendo página a página cada día de mi vida.  Mi vocación al sacerdocio no fue algo intuido desde siempre, sino que Dios me fue ganando poco a poco y en mi corazón se fue haciendo cada vez más claro el deseo de darle toda mi vida. Y le dije que sí. Feliz y absolutamente convencido de su amor y fidelidad. Y en esas estoy, consagrado a Cristo y, desde hace varios años, también a mi “trabajo” como párroco en San Germán.

La parroquia ha sido mi casa desde que era seminarista y para mí, como todas las cosas que me ha dado el Señor, ha sido un enorme regalo en muchos sentidos. Trayéndome a San Germán, me ha regalado ser testigo y acompañante de muchas otras vocaciones al sacerdocio, a la vida religiosa y matrimonial; la alegría de animar a mucha gente a dejarse reconciliar con un Dios del que tenían una gran nostalgia y al que paradójicamente rechazaban por haberse hecho una falsa imagen de Él.

Me ha regalado la experiencia de ser sacerdote en la misión en República Dominicana -Haití, en las peregrinaciones, en las Jornadas Mundiales de la Juventud que he podido vivir… Incluso me ha dado la oportunidad de ser sacerdote y miembro de un grupo musical cristiano, y de disfrutar de una de mis pasiones, el teatro, pudiendo ser sacerdote y actor en la compañía que tenemos aquí, “La Saca de San Germán”.  Porque todo lo que nos ofrece el Señor es una oportunidad para darle gloria y para acoger a nuestros hermanos. Esta certeza, la de que la Iglesia es una familia para todos, me anima a abrir las puertas de nuestra casa a quien se acerque a ella y precisamente por eso creo que la acogida es uno de los pilares fundamentales de nuestra parroquia.

Ser párroco me ha llenado, claro está, de nuevas y variadas responsabilidades, y pido a Dios que me ayude para, ante todo, ser un buen pastor como nos recordaba el Papa Francisco: dar la vida por las ovejas, desgastarme por el bien de cada alma. Porque nada puedo sin Él, mi lema sacerdotal es: “Permaneced en Mí”.

Estas palabras de Jesús me ayudan y recuerdan que sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Y le pido a Dios que me ayude a abrirme cada día a su amor, porque sé que cuando me atrevo a abrir mi corazón a Cristo, a  no tener miedo, como nos animaba el beato Juan Pablo ll, tan especial y querido para mí, puedo experimentar la verdadera alegría. Por eso no puedo parar de dar gracias por todo su amor y fidelidad.

Os pido a todos que me pongáis en vuestras oraciones delante de la Virgen María, mi Madre. Para que Ella que siempre ha velado por mí, siga enseñándome a hacer de mi vida una entrega constante, una ofrenda permanente para que Dios que empezó en mí una obra buena, Él mismo la lleve a término.