D. José Ignacio

En tu nombre, Señor, y a tu gloria

“En tu nombre, Señor”. Comienzo obligado de este breve testimonio que se me pide sobre el ejercicio de mi ministerio sacerdotal. In nomine Domini (Jn 12, 13) fue el lema que un sacerdote de Jesucristo escogió para sí como síntesis de lo que esperaba fuera su ministerio. Cuando en estos días se cumplen ocho años de aquella fecha, este sacerdote da testimonio del poder de ese santo nombre. En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo ha querido predicar, enseñar y celebrar los sacramentos de la Iglesia desde el día en el que el Arzobispo-Cardenal de Madrid le agregó al orden de los presbíteros. En el nombre de Jesucristo ha deseado curar las heridas y aliviar el sufrimiento de esta humanidad doliente. En ese mismo nombre también él ha sido asociado a la cruz de su Señor y en su nombre ha encontrado la verdadera felicidad, aquella que no cesa cuando el momento se acaba. Aún hoy sigue asombrándose este sacerdote de haber concedido Jesucristo tal poder a estos pequeños hombres, de la distancia tan grande entre el don y la respuesta, entre Aquel a quien representa y la pobre persona del agente que se presta para Cristo haga. Con admiración y gratitud, Cristo hoy sigue vivo en la Iglesia en la persona de sus sacerdotes y continúa obrando bajo el poder de su nombre. El único que hace posible este misterio es Cristo. Sólo a él es a quien está llamado a representar su sacerdote. Hace ya muchos años, cuando me preparaba para la fecha en la que el Señor me asociara a esta empresa, escuchaba con atención y agrado las sabias e interminables homilías del pastor de una Diócesis cercana, con ocasión del sacramento del orden. Era el momento propicio para que ese bendito obispo insistiera hasta la saciedad en la necesidad de manifestar fielmente a Jesucristo, sin pretender jamás suplantarle, ni a él ni a su Iglesia. Hasta tal punto llega la expropiación en la persona del sacerdote que deja de pertenecerse y, si conserva su nombre de pila, es objeto de atención, búsqueda y consideración por su nueva condición. Así lo es siempre y así lo ha sido hasta la fecha en mi caso. Pobre de mí si dependiera de mi nombre, pero gracias a Dios, no es el mío no, sino el tuyo, Señor; sí, en tu nombre, en el nombre del Señor…

Pocas semanas antes de mi ordenación, el que fuera entonces mi director espiritual me aseguró que jamás dejaría de acompañarme en mi vida, desde el día 15 de diciembre, ni el Sagrario ni la cruz del Señor. Que allí donde fuere, allí encontraría y contaría con ambos. Los ejercicios de órdenes tuvieron por objeto los dos (la cruz y el sagrario) de la mano de quienes lo vivían en sus personas y nos lo dejaron como herencia, don Eugenio Romero (obispo auxiliar de Madrid) y don Pablo Domínguez. La mano providente de Dios me ha llevado en estos ocho años de ministerio a lugares muy distintos y distantes entre sí, pero siempre en todos ellos he contado con la cruz y un sagrario en el que descansar. Han sido años de comprobar la eficacia redentora del sufrimiento y de la cruz del Señor que se reproduce inevitablemente en la vida del que es asociado a la persona de Cristo. Y ha sido un tiempo en el que todo comienza y concluye a los pies del sagrario. El día empieza así y del mismo modo que comienza acaba, agradeciendo al Señor tanto don recibido. El primero de ellos, la Eucaristía. Soy sacerdote gracias a la Eucaristía. Por ella y para ella fui ordenado. La cruz y el sagrario dicen relación a ella: la dimensión sacrificial de la Eucaristía que actualiza el sacrificio redentor de Jesucristo y el tabernáculo en donde descansa el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor, como viático y para su adoración. El asombro deja paso al estupor cuando uno advierte que es su débil persona, sus labios, sus manos las que hacen posible cada venida sacramental de Cristo. Cruz, sagrario, eucaristía y perdón. Con temor y temblor accedo siempre a celebrar la santa misa pero descalzo acudo al confesionario pues si grande es el poder conferido al hombre de poder representar a Cristo en la eucaristía no menor es el de poder perdonar los pecados, de nuevo en el nombre y persona de Cristo. He de reconocer que cuando a los pocos meses de ordenarme se me destinó a otro “ministerio”, lo que más me costó entonces fue no poder confesar, ni el tiempo ni con la frecuencia a la que estaba acostumbrado. Y cuando los veranos me llevaban a otras tierras esperaba con ilusión la llegada del fin de semana para poder dedicarme a ese ministerio, al menos un par de horas.

En el nombre de la Iglesia. No sería completo este testimonio que se me pide si no dedicara al menos un párrafo a lo que fue mi ocupación exclusiva durante los primeros cinco años de mi ministerio. A los nueve meses de ser ordenado fui destinado a completar mi formación académica en Roma. Allí llegué un 14 de septiembre del año 2002, exaltación de la santa cruz. No era la primera vez que acudía al centro de unidad de nuestra Iglesia. Al margen de visitas previas, en mayo de ese mismo año ya había organizado un viaje con mis padres para celebrar la eucaristía en san Pedro y en otros santos lugares de la Urbe. Desde joven aprendí, de la mano de san Ignacio, a sentir con la Iglesia y desde siempre me acompañó un sentido de pertenencia a la Iglesia universal y de fidelidad al santo Padre que creció y maduró en esos años de mi estancia en Roma. Los años que pasé fuera de Madrid, en particular durante todos los viajes que emprendí por razón de mis estudios y que me llevaron singularmente a Estados Unidos, sentí con fuerza el estímulo y ayuda de mi esposa la Iglesia. Sin entrar en detalles, puedo decir que es mucho más lo que ella me brindó de lo que yo la he podido dar hasta el momento. Pude dedicarme al estudio a tiempo completo y ese estudio me llevó a conocer instituciones y lugares a los que jamás hubiera pensado llegar. Es verdad que también fueron años duros de estudio en los que comprendí lo que don Eugenio Romero me indicaba antes de partir, cuando me aventuraba días de quince horas de trabajo. Pero también fue un tiempo espléndido de conocimiento y amor de la Iglesia a la que debo servir como ella desea ser servida. Mis primeros tres años fueron los últimos del siervo de Dios Juan Pablo II. Una de las muchas gracias que recibí de Dios fue la de poder asistir a sus funerales y estar presente en la elección de Benedicto XVI. El estudio y la formación siguen a día de hoy acompañando mi ministerio al que, de alguna manera, han quedado unidos desde el principio. Mi amor por la Iglesia se encarna en esta pequeña porción del Pueblo de Dios que es la Iglesia de Madrid en la que vivo la universalidad de la Iglesia. Los viajes y visitas a otras Iglesias particulares han incrementado la comunión y el sentido católico de mi ministerio como obediencia y servicio a la Iglesia.

Testigos del amor de Dios Padre. A nadie descubrimos que este es el fin de todo sacerdote, dar testimonio con su vida del inmenso amor del Padre. Mediante el ejercicio de su ministerio es como se santifica y esta es la fuente fecunda de su espiritualidad sacerdotal. En mi caso esa espiritualidad sacerdotal encontró el terreno abonado por una experiencia espiritual nacida de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola y de la devoción sustancial de todo cristiano hacia el Corazón de Cristo y el Corazón Inmaculado de nuestra Madre. San Ignacio propone al ejercitante un encuentro con Cristo vivo a través de la contemplación de los misterios de su vida y de las peticiones que acompañan las cuatro semanas de Ejercicios. Esto proporciona al ejercitante un modo cercano y afectivo de tratar con el Señor y su Madre. El Corazón de Jesús, revelador del amor del Padre, y el Corazón de María, transparencia de Dios, entran dentro de ese proyecto de un modo natural. Y esto también da forma y contenido al sacerdocio ministerial al que se pide sea conforme el Corazón de Cristo, pastores según su Corazón.

A tu gloria. En el recordatorio de mi primera misa figuraba, como imagen, el Cristo de Covarrubias que se ofrece al Padre “propter nostram salutem”, como Sacerdote y Víctima (Sacerdos et Hostia). El reverso lo encabezaba el nombre de Jesús y lo terminaba –tras el lema sacerdotal antes citado, el nombre del neo-presbítero y la fecha de su ordenación- unas siglas con las que, al igual que el lema, este sacerdote deseaba fuera el resumen y fin de su ministerio: AMDG (“ad maiorem Dei Gloriam”, a la mayor gloria de Dios). Decía un santo Padre de la Iglesia que la gloria de Dios es la vida del hombre. Y la vida del hombre pasa necesariamente por el cumplimiento de la voluntad del Padre. En el caso de un sacerdote, su vida pasa por el cumplimiento fiel del encargo-ministerio recibido. Esa vida –que es la visión de Dios como la de cualquier hombre- se consumará cuando todo se haya cumplido y pueda escuchar entonces: siervo bueno y fiel pasa al banquete de tu Señor.