Testimonios 2004


Dani Serrano Ana Langa Nerea Ureña Ana Bedia Javi Langa


Dani Serrano

En verano de 2004 mi madre me apunto a hacer el Camino de Santiago con la Parroquia de San Germán, cosa que no me hizo mucha gracia ya que el trekking (o “andar porque sí” como yo lo llamo) es uno de los deportes que menos me gustan. El caso es que por otro lado, también pasaría unos días de vacaciones con mis primos y con mi novia de aquel entonces que tampoco está mal.

¿Y Dios? Bueno, pues hay que decir que Dios era la última de mis preocupaciones entonces, llevaba bastante tiempo sin ir a misa, sin hacerle caso y además tenía una disputa con él a causa de la muerte de mi abuela.

Llegados a éste punto y con el camino ya empezado, intentaba no destacar mucho, la gente que me conocía sabía lo que pensaba del cristianismo así que no hablábamos mucho del tema y en misa procuraba distraerme como buenamente podía. Pero aunque no lo quisiera reconocer cada día me preguntaba más sobre lo que estaba haciendo realmente allí, con toda esa gente tan “diferente” a mí y que por las noches en los testimonios contaban cosas extraordinarias de lo que significaba Dios para ellos. Seguro que a mucha gente le ha pasado lo mismo, piensas algo sobre una cosa hasta que un buen día después de una serie de  vivencias descubres que no es tan fácil defender tu posición, que seguramente has juzgado demasiado rápido, que no sabes bien cuál es tu camino. Todos los que hayan vivido algo parecido sabrán que en el momento en el que empiezas a sentir eso te encuentras mas perdido que nunca y todo se resume en: “¿y entonces qué hago?”.

Pues lo que hice yo es darme una oportunidad de buscar si había algo más que cantos bonitos y ritos dominicales (allí más bien diarios). Me empecé a tomar en serio la hora de silencio y los rosarios durante el camino. Un día después de misa hubo exposición del santísimo y ahí ya no podía negarme a mí mismo que sentía algo, pero evidentemente no es fácil dejar atrás todas las creencias arrastradas durante años.

El día siguiente a la exposición hubo acto de penitencia,  y movido por todo lo que os he contado antes fui a confesarme con Quique, el actual párroco de nuestra parroquia. Hacía años que no me confesaba, así que me simplemente le dije todo lo que pensaba poco a poco se empezó a abrir en mi un sentimiento de paz, sí señor, paz es lo que me envió el Señor, no ángeles, ni querubines ni se me apareció, ni me habló…Me envió paz sobre todo lo que había frustrado y todos los sentimiento encontrados. Si me hubiera hablado habría dicho algo así como: “No me importa quién eras, pero ahora sabes que no debes ser ése”.

Llegamos a Santiago todos juntos y desde entonces he crecido mucho en la fe y el Señor me ha dado cosas maravillosas de muchas formas, pero evidentemente el regalo más grande es que le tengo a Él.


Ana Langa

Camino de Santiago 2004. Un encuentro con el Señor.

“Vente, va a ser muy divertido. ¡Anda Ana vente! Va un montón de gente”. Así comenzó a darme la plasta mi hermano Javier para que fuera al camino de Santiago. Cuando vio que no resultaba ya pasó a las típicas frases de madre que intentan remover tu conciencia de “Pues tú verás” o “Tú te lo pierdes”.

¿Qué vaya al camino de Santiago?, ¿a caminar sin parar y rezar todo el rato? Sí, eso era lo que mi hermano quería que hiciera (sí sí, mi hermano. ¡Eso pensaba yo entonces!). En mi cabeza no podía entrar como planazo de verano el estar caminando y rezando casi 15 días. ¿¡Qué se me ha perdido a mí allí!? Mucho mejor es irme a la playa. Sin embargo, sin saber cómo ni porqué, dije que sí.

A partir de aquí ya no sé cómo contaros cómo transcurrió todo. Fueron tantas cosas, tantos momentos. Los primeros días fueron mortales: dormir poco, rezar mucho, andar demasiado. Según pasaban los días, conocía a más gente. No me preguntéis pero a diferencia de conocer a alguien en Madrid, cuando allí hablaba con alguien era diferente. Era como si nos conociéramos de toda la vida, congeniábamos a la primera. Te abrías mucho más a la gente, no había mascaras. Cuando ya no podías más siempre había alguien que te cogía de la mano y tiraba de ti. Cuando estabas “a tope” eras tú el que cogías a otro para tirar de él. ¡Éramos una piña! El andar cada día se hacía más llevadero, y si algún día era más duro, siempre tenías a alguien a tu lado. El rezar…LO NECESITABA. Era la fuerza para el día, porque para lo de descansar… cada día acumulaba más sueño.

Con 15 años que tenía aun no había conocido a Cristo. Esperaba. Y esperaba. Y esperaba. Tampoco es que basara mi vida en esperar, más bien, no era consciente de ello. Tampoco creo que supiera en ese momento que se Le podría conocer. En una de las marchas me dio por confesarme. Todos lo hacían y llevaba casi desde la comunión sin hacerlo, así que me armé de valor para ir a hablar con Quique. Cómo deciros…En ese momento no sentí nada especial, no me sentí diferente. Pero todo cambió dentro de mí. Cuando llegamos, tuvimos una misa…comulgué y me quede sentada, recogida con los ojos cerrados. Solo dije para mi misma: “Señor, te quiero. Te quiero muchísimo.” En ese momento todo lo que me rodeaba desapareció, ya no oía a la gente, no oía la música…Estaba yo sola. ¿Sola? No, Él estaba conmigo. No lo veía. Pero sabía que me estaba abrazando. Sentía una paz y un amor en mi interior que me desbordaba. Un amor grandísimo. El amor. Jamás me había sentido tan amada. Un amor sin condiciones. El Señor me estaba demostrando todo su amor. Sin importarle lo pequeña que soy. Sin importarle todos mis fallos, mis imperfecciones. Un amor sin exigencias.

A partir de este momento todo cambió en mi vida. Comencé un camino, que no es nada fácil, pero no lo hago sola. Él está conmigo. Me consuela, carga conmigo, se ríe conmigo, me va guiando, me espera cuando me paro, va a por mi cuando me pierdo…Sola no podría hacerlo.

No tengas miedo. Ten coraje. No hagas lo que la gente espera que hagas. No hagas lo fácil ni lo cómodo. Haz lo que Él te dice y serás FELIZ. No hay excusas que valgan. ¿Qué tienes mejor que hacer que ir al Camino de Santiago este año? ¡ÉL TE ESPERA!

Nerea Ureña

Cuando yo hice el Camino de Santiago en 2004 me encontraba en una situación vital muy importante. Acababa de terminar el colegio y unos días antes me habían aceptado en la Facultad de Psicología, lo que supuso un mazazo y una desilusión tremenda, ya que yo quería estudiar Periodismo (dos años después conseguí mi objetivo). A punto de cumplir la mayoría de edad la primera quincena de julio había ido a Picos como acampada en un campamento heroico de apenas 30 personas (pero eso es otra historia…)

¿Por qué cuento esto? Porque el ánimo con el que yo empezaba el Camino no era el mejor. Desilusionada, cansada por el campamento anterior, sin entender nada, a las puertas de una nueva vida universitaria, de los 18 y de la confirmación… Sabía que tenía que hacerlo, pero no sabía con qué parroquia. Donde yo estaba haciendo la catequesis de confirmación no me sentía del todo a gusto y conocía a mucha más gente en otra parroquia gracias a los campamentos de Corona, así que junto con mis 3 mejores amigas del colegio nos infiltramos en una centuria que no era la que nos correspondía. Yo había tenido ya una experiencia de Iglesia en Picos, pero “sabía” que “tenía” que hacer el Camino, que era mi sitio en ese momento. En realidad, luego se ha comprobado que mi vida se ha movido a base de certezas de corazón, y no me ha ido nada mal…

Sé que esperáis en este momento que diga “y fue la mejor experiencia de mi vida…” Pues no. El Camino no fue lo que esperaba, y volví a Madrid igual como había venido, pero morena y con ampollas. Es cierto que ir en una centuria que no es “la tuya” es un hándicap porque es como vivir en una casa ajena: te tratan lo mejor que pueden, pero no es “tu casa”. De hecho, yo me reía de la Centuria 4 (San Germán), con sus pañoletas de cuadros de mantel de picnic y sus canciones moñas, pero sé que si hubiera vivido ese ambiente de hermandad, mi Camino hubiera sido mucho más distinto al que fue. La desilusión de los estudios y el primer amor (eso sí que es otra historia…) tampoco ayudaron a que me centrara, y por aquél entonces el Señor y yo no éramos tan amigos como para que yo le confiara mis problemas…

Y entonces, ¿por qué vuelvo al Camino? Otra vez siento esa certeza que me dice que “tengo que estar”. Es un acontecimiento único de Iglesia, un Año Santo donde dos mil jóvenes de Madrid andamos juntos persiguiendo lo mismo. Eso sería un motivo suficiente para animarme. Y después, porque el Señor es muy listo y muy gracioso y me condujo a esa parroquia de pañoletas de picnic y canciones moñas que es hoy mi casa. Ya tengo lo que en 2004 me faltaba, que es COMUNIDAD. Tengo dos padres y pastores, muchos hermanos y una historia de amor con Jesucristo que dura ya 6 años. Ahora tengo lo que en 2004 no tenía, tengo Amor, amor hacia la Iglesia que es mi Madre y amor a mi comunidad que es donde crezco, donde Vivo y donde soy feliz.

Además, por experiencia propia os digo que el Señor SIEMPRE nos habla, cuando menos nos lo esperamos, en el lugar más insospechado. Estoy segura que el Señor tiene muchas cosas que decirme en el Camino, y yo voy porque esas palabras son Vida para mí. Sin Él no soy nada, y sin la Iglesia no avanzo hacia la Meta.

¡Espero verte en el Camino, peregrino!

Ana Bedia

<<El Señor te vuelve a llamar como a mujer abandonada y abatida (…) Aunque los montes cambien de lugar y se desmoronen las colinas, no cambiará mi amor por ti, ni se desmoronará mi alianza de paz, dice el Señor, que está enamorado de ti. >>

(Is 54, 6, 10)

¡Así es! ¡El Señor me vuelve a llamar como lo hizo hace 6 años en el Camino de Santiago de 2004! Lo cierto es que en aquel momento, con 16 años, veía el Camino de Santiago como la actividad parroquial de verano que no podía faltar: Ribota, Alameda del Valle… y ahora, tocaba ir al Camino de Santiago. Al principio me costó decidirme por aquello de andar y andar, y también porque estaba más pendiente de mis amigas y de la gente que de lo que el Señor me estaba pidiendo, pero finalmente, todo el grupo nos decidimos y nos apuntamos. En los meses en los que estuvimos preparándonos para ese peregrinaje el Señor me fue cambiando el corazón poco a poco, humildemente, sin darme cuenta… como suele hacer Él las cosas. El grupo se empezó a resquebrajar, las viejas amistades empezaron a tambalearse, y yo no me daba cuenta de que lo único que permanecía era el Señor. De pronto, unos dos meses antes de marcharnos me emperré en decir que no iba a Santiago, que para qué iba a ir, que las cosas ya no eran igual… y lo que en verdad ocurría es que Cristo no era el centro, no contaba con Él en mi día a día.

Así que el Señor entró en acción. Después de un curso en el que prácticamente estuve encerrada estudiando, saliendo poco y rezando casi menos, llegan las vacaciones, y al segundo día me caigo por las escaleras de la parroquia y me fracturo un pie. ¿Alguno creéis en las casualidades? Yo no. En Dios no existen las casualidades. Yo que estaba decidida a no ir a Santiago, lloré lo que no estaba escrito cuando un 20 de junio me colocaron una escayola y me dijeron que no me la quitaban hasta finales de julio. Muchas veces apreciamos las cosas cuando las perdemos, y así fue, en ese mismo instante decidí que iría a Santiago fuese como fuese (guárdame el secreto: no lo decidí yo, fue Él). Yo misma me había montado la película y me había creado inconvenientes para no ir, y ahora surgía un verdadero inconveniente y en esos momentos sólo encontraba dos verdaderos consuelos: la oración y la eucaristía. El Señor me estaba pidiendo que confiase en Él, que me dejase de tonterías y que me entregara a Él, que iba a recibir el ciento por uno.

Me quitaron la escayola dos días antes de marcharnos, así que mi camino iba a consistir en hacer lo mismo que el resto pero sin andar. Los primeros días fueron difíciles, porque aunque desayunaba y rezaba Laudes con San Germán, después se marchaban a andar, y ahí nos quedábamos los “lisiados” junto con los voluntarios, recogiendo los lugares donde habíamos pasado la noche, limpiando los baños, cargando y descargando equipajes, ayudando a repartir la comida al resto de peregrinos cuando llegaban… sin conocernos prácticamente de nada.  Pero eso era lo grande y es lo grande de los cristianos. Desde la hora de la comida podía disfrutar de la gente de San Germán, pero cada mañana conocía gente nueva, gente muy diferente entre sí, pero Iglesia ante todo. Recuerdo sentirme Iglesia por primera vez en mi vida, todos distintos en un mismo cuerpo, y aunque no andábamos, éramos Iglesia peregrina, servidora, que caminaba al encuentro con Cristo de forma distinta, sirviendo al hermano.

Había momentos, sobre todo los primeros días, en los que me podía llegar a sentir sola o despistada, pero el Señor siempre me ponía a alguien delante para amarme y cuidarme. Llevaba toda la vida en la parroquia y me sabía muy bien la teoría: Jesús te quiere a ti, Ana; te perdona a ti, Ana; te cuida a ti, Ana… Pero hasta que no lo sientes parece que no empiezas a creértelo y mucho menos a vivirlo y a tenerlo presente en tu vida. Fue en una Vigilia de oración en Sobrado de los Monjes donde el Señor me miró a los ojos y me dijo “Te amo”, y no pude hacer más que llorar, llorar durante dos horas de forma desconsolada mirando a la cruz, pero llena de una alegría y una paz que nunca antes había sentido. Quizá el Señor tenga pensado algo para ti en este Camino…

A partir de ahí, poco a poco comencé a necesitar más ponerme delante del Señor y estar a solas con Él, mirándole y esperando. Por eso recuerdo con un cariño especial la capilla del Monte del Gozo. En cuánto tenía un ratito libre ¡¡allí me iba!! A agradecerle todo lo que me estaba enseñando y mostrando en el Camino. Porque aunque no anduve, peregriné, y mi corazón fue cambiando, y aún sigue. Por eso te ánimo a que vengas aunque lo tuyo no sea andar o aunque no vayas a poder hacerlo.

Y por eso tengo muy claro que este año, si Dios quiere, caminaré y peregrinaré hacia Santiago y hacia Cristo. Que el Señor me vuelve a llamar, que no se lo que me espera, pero me está  pidiendo que  de un modo u otro le acompañe en este Camino y… que no quiero dejarle solo.

¿Me acompañas?


Javi Langa

Parece que fue ayer cuando recuerdo a un joven de 18 años preparándose su macuto para irse al Camino de Santiago. Parece que fue ayer cuando ese mismo joven, tras irse veinte días de interrail por Europa, decidía irse al encuentro de Cristo mismo en el Camino de Santiago….parece que todo fue ayer pero de esto ya hace 6 años.

Resulta curioso que tras haberme ido con los amigos de la universidad a recorrer media Europa en tren, durmiendo en cualquier lado, comiendo de latas, yendo de fiesta a tugurios de mala muerte y vivir como un libertino al más puro estilo hijo pródigo, acto seguido quisiera ponerme a andar sin ningún motivo aparente….¡qué equivocado estaba!

El Señor obra de maneras que no podemos entender…y es cierto: el hecho de haberme ido antes del Camino de Interrail me sirvió de muchísimo, más de lo que yo creía.

Durante el Interrail tuve que dormir en donde podía, a veces en albergues con casi todas las comodidades, otras veces en trenes cama y otras veces en hoteles. Durante el Camino, en cambio, tuve que dormir unos días en el suelo de polideportivos más duros que una roca, otros, en claustros de monasterios y los últimos días en tiendas de campaña. A primera vista puede parecer que prefiriese los sitios donde había dormido durante el Interrail… para ser sincero me quedo con la experiencia de dormir en el suelo de polideportivos antes que la de dormir en albergues de media Europa.

Parece extraño pero si lo pensamos un poco nos daremos cuenta de lo increíblemente grande que es hacer las cosas sólo por y para el Señor. Uno prefiere ofrecer su cansancio, sus ganas de descansar, sus ganas de hacer lo que a uno le apetece con tal de hacer la voluntad del Padre.

A mí al principio me costaba un poquito bastante; la primera hora de camino la dedicábamos a la oración personal en silencio, luego seguíamos andando hasta la hora de comer donde ya dejábamos todo hasta el día siguiente que empezábamos a andar otra vez. Visto desde los ojos de alguien que no ve en esto un pequeño sacrificio, puede parecer un petardazo… pero a mi me sirvió, no de mucho pero me sirvió porque comprendí que la hora en silencio no era para estar pensando en las musarañas sino para rezar, simplemente para rezar, para pedir a Dios por mi familia, por mis amigos, por mis necesidades…pero también para pedir perdón por mis faltas, por toda la mierda que llevaba acumulada desde hacía tiempo. Fue entonces cuando me empecé a dar cuenta lo importante que es llevar una vida basada en dos sacramentos que son el recopetín: la penitencia y la eucaristía. Dos sacramentos que me dan la vida y que sin ellos no soy nada.

Recuerdo también a toda la gente que conocí, muchos de ellos siguen a mi lado como Melón, Sacris, Luis, Zori, Luzzia, Mar(ahora hermana Mar), Pepe( ahora padre José), Enrique, Conchi, Juanjo, Juli (ahora padre Julián) Raúl, Ricardo, María, Alba, Sergio, Ana B, Arturo, toda la gente de Santa Teresa de Jesús de Tres Cantos…pero también me acuerdo de gente que desde entonces no he vuelto a ver y que espero que este año vuelvan, al menos para recordar los buenos momentos que el Señor nos regaló.

Son tantos los momentos buenos que recuerdo que contarlos todos sería larguísimo… sólo rememorar el montón de conversaciones que crucé con todos los que me acompañaban, la cantidad de risas que nos echamos durante las caminatas, los despertares a las 7 de la mañana con un sueño de mil demonios, los chipichous de por la noche, las chupas de agua que nos cayeron el Monte del Gozo, las pedazo de Eucaristías presididas por nuestro cardenal y sus cacho de homiliacas que nos dejaban con las mangas vueltas. Todos los momentos se me quedaron grabados a fuego en el corazón.

El Camino de Santiago me mostró una vida de Iglesia que hasta entonces no conocía, descubrí una comunidad que desde entonces se ha seguido volcando conmigo con su oración y su compañía, descubrí que se puede andar rezar cantar y hacer el canelo a la vez y sin caerse…y descubrí que sólo Dios basta.